Introducción año 1998

Qué tristes la vida, el amor y la rutina diaria; no sabemos cuándo hay que agarrarse y cuando debemos soltar. Hay gente corriendo con los corazones rotos. Cambiarían el dolor por cualquier otra distracción. La mente, siempre tan persuasiva, insistente e invencible. El corazón habla su propia lengua y la mente sabe que sin amor para suavizar aristas, la vida es inaguantablemente fría y solitaria.

He estado leyendo a Virginia Woolf. Me fascina, la quiero. Espero bajar a la costa y sentir la brisa sobre mi piel. Respirar, pensar, comer y, simplemente, ser. Estoy pintando La Montera de Montenegro. Tírala al aire y veras como se cae. Utilizar los espejos.

Conozco gente que siempre da un voto de confianza al perdedor.

Una noche, en el Sacromonte, con la luna de Lorca encima de nuestras cabezas esperamos al Cristo de Los Gitanos. Sentados en la calle, mi hija duerme tranquilamente sobre mi regazo. El Cristo es grande, parado enfrente de las hogueras. Alguien empieza a cantar y los demás están bailando. Es un milagro cada vez que un niño nace.

Una casa nueva y mi primera exposición de cuadros de toros en el Hotel Tryp.

Un dicho español que escucho a menudo, “Dios aprieta pero no ahoga.”

No tengo raíces, o por lo menos no las encuentro. Pienso mucho en el pasado. El árbol genealógico absorbe mi energía. Me pongo a leer las cartas que Vincent Van Gogh escribió a su hermano, Theo. Dios sabe que tenemos que ayudarnos; es el único camino.

Hay olores tan fuertes que resisten dispersarse. La necesidad de ser limpia todo el tiempo es una tarea inalcanzable.

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